Crónica del concierto de Standstill. Rooom en l’Auditori | Waaau TV


Crónica del concierto de Standstill. Rooom en l’Auditori | Waaau TV.

 

 

Ya hace dos años que Standstill publicaron el brillante ‘Adelante Bonaparte’ (Buena Suerte, 2019). Un triple EP con una veintena de canciones versando sobre un circuito vital. Una metáfora que viaja desde la muerte hasta el nacimiento. Un escenario colorido de anchas proporciones artísticas. Un disco que ha servido a Standstill para estar viajando durante todo este período explicando su historia. Y fieles a su manera de hacer las cosas, lo han ejecutado en varios formatos. De aquí su triple cierre de maratoniana gira. Tres conciertos, tres puestas en escena. El jueves con La Bonaparte Ensemble, pequeña formación orquestal que acompaña a los chicos de la banda para dar amplitud y nuevas vistas a sus canciones. El viernes con el espectáculo ‘Rooom’, el que han llevado por tantos teatros de la Península. Un montaje con acompañamiento audiovisual para ejecutar en orden cronológico los cortes de ‘Adelante Bonaparte’. Y, finalmente, el sábado con un directo al modo tradicional en la Sala Apolo de Barcelona. Esta vez sí, el último suspiro de esta gira de dos años.

Como decimos, el viernes fue la última vez que pudo verse el espectáculo ‘Rooom’. Una vuelta de tuerca más en la manera diferente de pensar el arte musical que poseen Standstill. Los cinco músicos situados en circulo, enmarcados por un triple rectángulo sobre el que se proyectan diversos montajes audiovisuales, realizados por Alex Serrano, Josep Mª Marimon y Rosa Rydahl, que completan el mensaje conceptual que envuelve todo el disco. Los tres EP’s que dividen ‘Adelante Bonaparte’ sirven de separación también encima del escenario. ‘I. Algunos recuerdos significativos de B.’ es el primer bloque encargado de encender la mecha. Es cuando encontramos la poderosa ‘Todos de pie’ (prefacio)’. Sermón melódico finalizado con una destellante  descarga de guitarras y baterías punzantes, coronada con hipnóticas ráfagas de luz. Después de quedar todos despeinados en sus butacas, ‘El hombre araña’ puso la guía otra vez en el camino, desafortunadamente con una versión más corta de la que aparece en el disco y de la que se puede oír en los conciertos. Los cortes del disco se iban sucediendo con una armonía deslizante. Un camino de sensación rectilínea, pero verdaderamente minado de cambios de intersección y de rasante. Standstill son capaces de dar la sensación de flotar encima del suelo, aunque la carretera tenga agujeros, salientes y multitud de matices. Trayecto placentero con estaciones de servicio de notable mención como ‘Vida normal’, donde la sección rítmica se da un festín a costa de la misma. Velocidad de crucero hasta ‘Adelante Bonaparte (I)’, hit que se prevé su atemporalidad, y que concluyó el primer epígrafe.

El segundo acto ‘II. B. pasa de querer comerse el mundo a esconderse en una pequeña parcela’, empieza con ‘Adelante Bonaparte (II)’, cara B del mismo single. El matiz hecho hit. Dos maneras diferenciadas de llegar a la misma perfección. En este punto, viajeros como conductores ya no recuerdan que fuera existe una realidad. La sensación comuna es que fuera de las paredes de ‘Rooom’ no existe nada. Enric Montefusco muestra su cara más desgarradora al son de ‘Cobarde Pecador’. Y el espectáculo que está dando a estas alturas Ricky Lavado a bordo de la batería es de cortes épicos.  Después de la belleza melancólica en estado puro de ‘El resplandor’ y de la metáfora de la habitación sellada, aún quedaban truenos revitalistas y de gigantescas proporciones como ‘Moriréis todos los jóvenes’. Menudo espectáculo. Una de las cotas más altas del viaje que empezaba a encarar el final del segundo acto y preparaba su última etapa. Ésta, titulada ‘III. El corazón de B. despierta’ empezó con Montefusco solo con su acústica hilvanando las preciosas notas de ‘Cuando ella toca el piano’. Vidrio en los ojos y la belleza pegándose ya un festín por el inmenso espacio que podía ocupar en toda la sala. Seguidamente, los cambios de silla entre músicos continuaban siendo la nota predominante. Todos los miembros de la banda demostrando su versatilidad. Un equipo que puede hacer de todo. Una escuadra llena de mediocampistas, el sueño del entrenador del fútbol total. Un auténtico alboroto harmónico, preciosista y tan bien organizado. Una oda al detalle como epidemia melódica que pegaba sus últimos coletazos, y que tenía su zénit con ‘Canción sin fin (epílogo)’, una especie de decálogo sobre como pueden hacerse discos con un concepto artístico sobre el que girar. Un fin, una meta. Un final de trayecto al que llegar, más allá de un puñado de canciones puestas con un orden más o menos acertado. Porqué si todos los discos fueran como los de Standstill, seguro que se venderían muchos más. Y si los directos tuvieran todos tanto sentido y capacidad para contar cosas, como los tienen los de Standstill, muchos más abandonarían el calor del hogar para escuchar música en directo.

Oscar Villalibre

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