Crónica Sónar 2012 noche | Waaau TV


Crónica Sónar 2012 noche | Waaau TV.

La noche debe confundir. Campo minado para el entendimiento. Ocaso lunar y paraíso de la mirada oscura. Sónar noche para quemar naves. Disparar cartuchos de la mierda sobrante de la cotidianidad y entregarse por completo a la causa única del hedonismo desaforado. Sin mirar atrás. Solo levantar los brazos y atizar el propio cuerpo. Todo ello en múltiples vertientes. Porqué el Sónar es una amalgama de maneras difícil de ver en otros sitios. Hay otros festivales dónde existen muchos tipos de personajes, pero todos acaban teniendo un patrón más o menos remoto con el que cortarse por igual. Aquí no. En la Fira de l’Hospitalet de Llobregat tenemos principalmente a ingleses de piel de leche e hígado esponjoso. Hijos (o nietos ya) del verano del amor en Manchester. Tenemos a los entusiastas del techno sin más. Los de toda la vida. Para los que Richie Hawtin puede ser el Nick Cave de los indies. También tenemos al poblador de extrarradio reciclado. Ha dejado atrás el pantalón de chándal a botones y ha cambiado sus excesos del pasado por centímetros de masa muscular hinchada, como un bistec de ternera de supermercado rezumando clembuterol. Es el único sitio que se permiten visitar cuando salen de los polígonos para propagar su sabiduría. Como no, también tenemos otras estirpes modernescas, colonias de gays enarbolando su condición y el reducto de inclasificables que caminan por pasarelas vitales muy alejadas de cualquier línea de convencionalidad. Todos ellos, juntos y revueltos, pueblan de forma más multidisciplinar que nunca los vastos cementos de los escenarios del Sónar de noche.

El viernes llegó con las piernas acariciadas por el cansancio de dos días de Sónar Día, pero las ganas ahí estaban. Se notaba el ansia de la gente cual grupo de escolares enfilando el autocar para empezar las colonias veraniegas. La primera cima de la noche la construyó Amon Tobin. Y lo hizo a lo grande, mediante sus fabulosos cubos virtuales con los que edificó un muro infranqueable de chorro visual y sonido poderoso. El espectáculo ‘ISAM’ fue un auténtico caramelo para los refinados vanguardistas. Capas de sonidos resquebrajantes, experimentalismo y sombras que conjugaban a la perfección con la estructura de imágenes de ciencia-ficción, de pasajes hipnóticos y de construcciones 3D que se iban proyectando en la monumental estructura desde la que Tobin ejercía de maestro de ceremonias. Robusto y fulgurante. Brillante. La velada continuó con uno de los platos fuertes y exóticos de este Sónar 2012. El esperado show de Lana del Rey. El publicó se dividía entre fans (más de los que podía pensarse; además de muy entregados) y escépticos que iban a ver qué el fenómeno pin-up yanqui. Así pues, la señorita Lana se presentó en el escenario con el único atuendo de un gaseado vestido blanco y una sección de cuerda, un piano y una guitarra bastante tímida. Primera sorpresa. Para su directo prescindió de las bases instrumentales que son el sustento de su buen disco ‘Born to die’. Así que primer punto para la chica de labios extrovertidos, ya que plantarse en un festival como el Sónar con semejante planteamiento, y con su voz como principal argumento, es atrevido. Bravo por ella. De esta guisa desgranó algunos de los temas de su mentado disco, más alguna novedad, en un concierto que se quedó corto al tener una hora escasa de duración. Lana del Rey defendió bien sus canciones, mostró credenciales y pareció salir victoriosa de tan esperado asalto. Asimismo, por mucho que nos insista en asegurar lo contrario, es imposible, al verla, desprenderse de la sensación de encorsetamiento. Todo parece estudiado al detalle y la improvisación parece un campo exótico. Finalmente, el espectáculo de bajar a las primeras filas del público, a repartir besos en la mejilla a modo Princesa de Gales, fue un poco de vergüenza ajena. Pero ahí queda el recuerdo de sus prominentes labios aplastándose en las mejillas de algunas “pubers” sobre-hormonadas.

Una vez ingerida la porción necesaria de hype glaseado de azúcar parecía obligada una nueva visita al escenario SonarClub en busca de una dosis de bpm’s. Aunque no fueran las únicas dosis que la gente buscaba con cierta prisas a estas horas. Ahí encontramos a Coyu. El chico jugaba en casa y parece que eso le sobreexcitó, ya que no dio ningún tipo de tregua desde el primer minuto. Su potente espectáculo sonoro afluyó torrentes de decibelios. Techno de las capas más duras. Carnaza para los ávidos de frenetismo sensorial. Su salida de carrera con la quinta marcha no le hizo gripar y lubricó bien los pistones durante toda su sesión para marcar el devenir de la noche. Después de él le llegó el turno a Richie Hawtin, que se encontró con un gallinero repleto de pollos sin cabeza revoloteando sobre si mismos. No sabemos si fue la carrerilla tomada por su antecesor, pero pareció que Hawtin olvidaba sus recreaciones minimal y más ambientales, para entregarse a cañonazo limpio a la propagación del mensaje salvacional del techno. Luz, color y chorrazos de beats para el respetable. El chico de Minus realizó lo que se esperaba de él, que es lo que tienen que hacer los clásicos. Por otra parte, el SonarPub también tuvo su particular fiesta pero con otras coordenadas, en este caso a cargo de Friendly Fires. Los británicos se encargaron de corroborar las alabanzas que preceden sus directos mediante la entrega de consumbiles sonoros para acentuar las fiestas. Con un vitalista pop electrónico, con toques de funky, con recuerdos temporales a Vampire Weekend, Friendly Fires derrocharon sudor y entrega para endurecer los gemelos mediante el baile. Y el público pareció agradecer infinitamente tal preocupación por la salubridad de sus cuerpos nocturnos.

El sábado también empezó pronto su jornada con una de las actuaciones más esperadas de este Sónar. El escenario principal tuvo el honor de albergar la salida al escenario de New Order. Santo y seña de la electrónica y inexplicable ausencia en el festival durante sus diecinueve años de vida. Y sí, New Order fue lo que se esperaba, ni más ni menos. Una hora de directo, encordado de hits transversales y para casa. Esto es lo que hay. Pero algunos pueden hacerlo, y otros no. Bernard Summer parece un poco cascado y le cuesta llegar en algunas canciones. Pero con lo que ha sido este hombre, no vengamos a pedir milagros. La banda en sí, con la inclusión de músicos más jóvenes, guarda buena forma y es capaz de ofrecer buenas dosis de ese excelso pop electrónico. La ejecución de ‘586’ fue muy salvable y mucho más energética de lo que podía esperarse. Luego los hits, claro está, con ‘Bizarre Love Triangle’ y, pausa dramática, ‘Blue Monday’. Santígüense y besen el suelo que pisan si han podido oír esta proeza de canción en directo. Veneren a (parte de) sus creadores y denles las gracias por tan descomunal himno. Y no les tengan en cuenta el arrastrarse un poco. ¿Las dos canciones de Joy Division al final? Pues mejor ni comentarlo; no hurguemos en la herida. Después de la lágrima y el enaltecimiento Factory Records, el concepto legendario se trasladó hacia el SonarPub. The Roots. Otra pausa dramática porqué lo de estos chicos es de comer a parte. Los músicos negros juegan en otra liga, pero ellos juegas aún en otra diferente, dentro de los elegidos. Cualquier banda que se precie a subir a un escenario tendría que ver un directo suyo. Sería el primero de EGB de los conciertos. Como aprender a leer. The Roots ejecutaron un concierto absolutamente perfecto. Lo plantearon obviando su último disco ‘Undun’ y se dedicaron a recorrer algunos de sus éxitos y aderezaron el final del directo con una suerte de medleys i versiones que enloquecieron al personal. Con guiño incluido al ‘Sweet child of mine’ de Guns N’Roses, y una versión acelerada de su antonomásico hit ‘The seed 2.0’. En definitiva, un apabullante concierto donde The Roots pasearon un imaginario cinturón dorado que les proclama como la mejor banda de hip hop del mundo. Aunque van más allá, porqué su música transita por tantos espacios que una etiqueta sola sería un insulto a su grandeza. Glorioso.

Después de la hecatombe de raíces negras, el alargado escenario del SonarPub acogió más dosis de negrismo sonoro. El mejor encargado para dicha tarea no era otro que el local DJ2D2. David Pérez presentó su espectacular espectáculo que combina música e imagen, y que dio muestras de la genialidad del barcelonés. Los audiovisuales formaban un conglomerado de cortes de videoclips, con cortinillas coloristas y pedazos añadidos, como los de las cargas de los Mossos de Esquadra en Barcelona durante el último año. Inocencia ninguna. Tino y acierto en la dirección del dardo. Proyectiles que se disparaban en continuas ráfagas desde los platos y los sabios dedos de DJ2D2. Con sus yemas gastadas en el digging y en el tacto de las fundas de discos. Un onírico y acojonante viaje por los sonidos del hip hop, el soul y el funk por cualquiera de sus caras. Que si Bob Marley, Adelle, Snoop Dogg o Beastie Boys. Respeto y más respeto para todo lo que venga de esta prodigios mente. DJ2D2 realizó una sesión antológico que contorneó las rótulas de todos los presentes y dibujó una sonrisa afro-hedonista a todos ellos. La concavidad en los labios se convirtió entonces en expectación boquiabierta ante la próxima cita: Die Antwoord. Esta boca abierta se quedó así, de par en par, durante los venideros sesenta minutos. Madre de Dios del amor hermoso. Si The Roots juegan en otra liga, estos chicos de Sudáfrica viven en otro planeta. Menudo espectáculo. Derroche puro de actitud, apología del ‘white trash’, vitalidad por los poros y montones de cosas que decir. Con las notas de ‘Enter the ninja’, la menuda Yo-Landi y el armario Ninja hicieron entrada en el escenario principal, con el acompañamiento del percutador de ritmos Dj Hi-Tek. Ojos como platos y el público desbocado, entregado a la causa afrikáner. No faltaron los éxitos como ‘I fink U freeky’ o ‘Baby’s on fire’. Himnos de este exótico rap revestido de ritmos trance que descoloca al más curtido. Si en 2011 Die Antwoord se ganaron volver al Sónar este año por aclamación popular, en 2013 tendrán que montarles un festival para ellos solos.

Después de tanta adrenalina vertida y consumida, la noche continuaba transitando entre ríos de gente y aglomeraciones en los accesos a los escenarios. Recordad al sr. Sónar que si vende algunas entradas menos ganará un poco menos de dinero, pero alargará la vida y la felicidad de algunos de sus asistentes más asiduos. Nota mental. Los amontonamientos de gente eran una especie de peaje para llegar a Hot Chip y poder ver el traje de barrendero cósmico de Alexis Taylor. Los de Londres se encargaron de hacer aquello que hacen tan bien y desde hace tanto tiempo: hacer bailar a la gente. Repasaron de forma acertada su dilatada carrera, y el SonarPub se convirtió en un rectángulo relleno de personas felices, sudadas y asardinadas. Otras tantas como había a los pies del tótem deadmau5. El icónico dj puso sus grandes orejas y su espatarrante show audiovisual y lumínico en el escenario principal. Una sesión sin sorpresas con la que los ingredientes conocidos, a base de electro-house cañetero y chorreo de imágenes catatónicas, fueron suficientes y abundantes para divertir a los presentes.

En resumen, una nueva y exitosa edición del Sónar, que llega a la veintena de años con una formidable salud. El festival ha conseguido vender todo el cartón en casi todos los días sin trastocar los ingredientes que han conformado todos estos años su propuesta artística. Celebramos que sigan apostando por aportar toques especiados en su programación con aromas de hip hop o de indie. También que sigan insistiendo en los audiovisuales como una parte más de la música contemporánea. Y el atrevimiento y el riesgo en algunos de los artistas que programan, porqué es en este campo donde se han ido ganando año tras año su reputación. Así que, larga vida a la apuesta, a la experimentación y al Sónar. De día y de noche.

Oscar Villalibre

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